Se llamaba Matilde y tuvo ocho mujeres en Paraguay

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Matilde Villalba era un español – un hombre – que andando por Paraguay enamoró a ocho mujeres, una detrás de otras. Un macho cautivador, el del sombrero de paño, botas de caños enteros, puñal y revolver al cinto, el del bigote mexicano.

Enamoró perdidamente a ocho nativas de estas tierras y entre ellas supo inyectar armonía. Todas, curiosamente, se apreciaban y respetaban.

Matilde tuvo por meta tener algo más de 60 hijos y tuvo 64.

Pero como en sus planes no figuraba que solamente las madres sean armoniosas y felices, también procuró que sus hijos sean entre sí armoniosos y felices.

Ni bien pisó tierras guaraníes, Matilde dejó arrodilladas a las ocho mujeres que allá por Guairá y Caazapá le honraron con los criollos descendientes.

Pintón y valiente, de apariencias pendencieras, no había mujer que no se derritiera como chocolate ante el paso marcial de sus varoniles botas.

Un día, andando por los bosques del Guairá se encontró con un yaguareté de aquellos. Con la velocidad del relámpago extrajo de la vaina de cuero su puñal yva pará y, defendiéndose de un zarpazo, luego de otro y de otro, pudo en un descuido montar al enorme y fuerte felino y de un estocada en plena yugular llenó con su caliente sangre la floresta del entorno y los brazos y el pecho del formidable hombre venido del Viejo Mundo.

Murió hace años y sus 64 hijos le honran practicando el respeto y la alegría entre ellos.

Sus ocho mujeres también fallecieron felices de haber cumplido con la misión fijada por el hombre.

Tenía nombre de mujer, pero le encantaba las mujeres.

Un largo y reluciente acero se llenó de su sangre. Peleas de hombres, acaso por mujeres, por barajas o carreras. Murió en su ley, como un varón, como un conquistador peninsular, como Pizarro, Hernán Cortés, como Ayolas, como aquellos de nombres varoniles que cruzaron el mar para reafirmar aquí la amalgama guaraní – hispana.

Matilde – que no necesitó llamarse Matildo para exhalar masculinidad . un personaje que cruzó por el Guairá y dejó huellas, 64 huellas, un hombre recio con las botas bien puestas y, sobre todo, un semental puro que inspira escribir una apasionada novela o un exaltado guión cinematográfico.

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