No hay tallarín sin queso ni novelas sin alimentos

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Los alimentos pueden existir sin las novelas, pero estas no escapan a aquellas. Siempre habrá tan siquiera una línea sobre comidas en las narraciones de lo contrario, parecieran incompletas. Desde luego, mediante guisos, postres y otras yerbas los novelistas instalaron frases que, con el tiempo, fueron célebres como el de Pío Baroja que escribió en Las noches del Buen Retiro: “El que ha comido pan de Madrid no quiere vivir en su pueblo”.

El condumio es un manjar que se come con pan y que José Saramago en Todos los nombres recuerda destacando que “el pan y el condumio que el enfermero le traía”.

El figón es la casa donde se cocinaban y vendían alimentos. Se trata de una palabra no utilizada en Paraguay pero conocida en otros países, sobre todo en España. Arturo Pérez – Reverte mencionada la palabra en El maestro de esgrima: “Había protagonizado una pelea a navajazos en un figón de Cuatro Caminos” (Cuatro Caminos es un barrio madrileño muy concurrido actualmente por paraguayos).

Mientras nosotros, los paraguayos, llamamos almuerzo a la comida del mediodía en otros lugares y tiempos es a la de nuestro desayuno, así leemos en Eugenia Grandet, de Honoré de Balzac: “Nuestro almuerzo es la las ocho de la mañana. Sobre el mediodía comemos algo de pan y bebemos un vaso de vino blanco”.

La escudilla es para los españoles lo que el plato hondo para nosotros. Se usa para servir el caldo. Francisco de Quevedo en El buscón escribió “trajeron caldo en unas escudillas de madera”.

Mark Twain escribió en Príncipe y mendigo que “el hambre doma al orgullo” que terminaría siendo una de las tantas frases célebres, instaladas por el norteamericano.

El melindre es un dulce de pasta de mazapán con baño espeso de azúcar, generalmente en forma de rosquillas pequeñas. A este alimento recuerda Baroja en El árbol de la ciencia: “en su casa gozaba ofreciendo a sus amigos sus golosinas. –Tome usted estos melindres”.

Platón no quedó atrás con los alimentos cuando escribió La República”: “¿Y el arte del cocinero qué da y a quién da lo que le conviene? – Da a cada manjar su sazón”.

Por eso decimos, los alimentos pueden existir sin las novelas, los relatos históricos y sin los cuentos, pero estos siempre serán incompletos sin aquellos, así como el tallarín si no tiene el aromático queso.

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